No siento remordimientos, no siento dolor alguno. Es como si los clavos incrustados en mi cuerpo hubiesen desaparecido y mis heridas estuvieran en proceso de sanar. Los fantasmas en mi mente han sido callados casi por arte de magia. Es como si Dios hubiese escuchado por fin mis plegarias y me dejara dormirme sin tener que arrullarme con mi llanto y mis súplicas. En mi corazón hay silencio y vacío; no hay dolor, pero tampoco se hincha de felicidad. Simplemente está en un estado neutral, anestesiado del mundo entero; incluso de mí misma.
Mi mente se ha sumergido en un profundo sueño pacífico buscando el equilibrio en mi ser entero, archivando recuerdos en cajas en el fondo de mi cerebro, logrando poco a poco limpiar el caos que creé sobre él. Mi cuerpo pasa por un proceso de desintoxicación; tus miradas, tus caricias, tus besos… todo lo relacionado a ti se va poco a poco sin dejar rastro de tu perfume en mi.
Regreso a ser la persona de hace mucho, la que no conocía el dolor pero también recupero esos años con experiencia y una mirada más espaciosa de mi vida. Paso de ser una pequeña lastimada a una joven mujer que se levanta curando sus heridas con una mirada más madura y analítica sobre las cosas que la rodean, aprendiendo de sus errores y con un poco de suerte, no volverá a caer a ese abismo que la encadenó por años.
miércoles, 4 de enero de 2012
New
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)