El corazón tiene una melodía propia, un compás unísono que
solo él puede entender, por el cual fluye, respira, vive.
Ahí, donde las notas se entremezclan, ahí estás tú; llamándome
desde lejos, entonando una armoniosa melodía. Es en ese espacio, ese que no
tiene lugar, donde los cuerpos dejan de ser sólidos, donde los susurros de tu
voz se vuelven viento que sopla sutilmente sobre la nada, sobre el todo. Es
donde las melodías se fusionan, se sobreponen para hacerse algo, para hacerse
todo y para hacerse nada. Donde las
caricias se dan con las miradas y tu respiración se vuelve ceniza llevada por
el aire. En ese espacio que no ocupa lugar ni dimensión me cantas, te canto, te
respiro. Por completo, por separado, puedo verte con los dedos, aquellos que se
esfuman lentamente con cada pestañeo, con cada inhalación de mi cuerpo ausente.
Cuando acaba la melodía y tus cantos con
los míos se funden, volviéndose algo más, caigo; de lo alto de las nubes, de la
profundidad del océano, caigo a gotas, caigo sobre ti.
Es ahí, en la nada, en el todo, donde te busco, donde te
encuentro.