sábado, 23 de agosto de 2014

La danza del corazón

El corazón tiene una melodía propia, un compás unísono que solo él puede entender, por el cual fluye, respira, vive.

Ahí, donde las notas se entremezclan, ahí estás tú; llamándome desde lejos, entonando una armoniosa melodía. Es en ese espacio, ese que no tiene lugar, donde los cuerpos dejan de ser sólidos, donde los susurros de tu voz se vuelven viento que sopla sutilmente sobre la nada, sobre el todo. Es donde las melodías se fusionan, se sobreponen para hacerse algo, para hacerse todo y para hacerse nada.  Donde las caricias se dan con las miradas y tu respiración se vuelve ceniza llevada por el aire. En ese espacio que no ocupa lugar ni dimensión me cantas, te canto, te respiro. Por completo, por separado, puedo verte con los dedos, aquellos que se esfuman lentamente con cada pestañeo, con cada inhalación de mi cuerpo ausente.  Cuando acaba la melodía y tus cantos con los míos se funden, volviéndose algo más, caigo; de lo alto de las nubes, de la profundidad del océano, caigo a gotas, caigo sobre ti.



Es ahí, en la nada, en el todo, donde te busco, donde te encuentro.