Extraño las tardes en el internado, donde la vida transcurría paralelamente a la realidad, marcando su propio compás, como siempre en silencio. En los primeros días, recuerdo vagamente salir al patio, dopada hasta las orejas, arrastrando los pies mientras caminaba. Maria José, si no hubiese sido por ti, nunca habría encontrado una buena razón por la cual salir al mundo real; eras tú la que me motivaba a mejorar y a quien siempre recurría en mi mente por las noches.
Despertar, comer, tomar las pastillas, dar vueltas por ahí, almorzar, tomar más pastillas, salir a dar vueltas por el jardín, cenar, tomar pastillas, dar vueltas por el comedor, dormir. Incluso los cigarrillos estaban controlados; que no hubiese hecho por un cigarrillo Maria José.
Siento que pasé ahí dentro una vida entera, que los días pasaban muy lentos, pero podía respirar una tranquilidad absoluta, al menos fuera del bullicio de mi mente. ¿Qué hubiese pasado si aún estuviese ahí dentro? Es mucho más sencillo encerrarse en ese pequeño espacio de tiempo muerto que afrontar la vida. Al salir de ahí, tuve miedo Maria José, mucho miedo; no sabía qué esperar del resto, que esperar de mi.
Recuerdo que no me despedí de una de las técnicas enfermeras; decían que si no te despedías de ella volvías. Supongo que por eso fui de visita un par de días luego de una semana de ser dada de alta.
Cuando me siento demasiado agobiada, cuando la vida parece comerme de a pocos, hundiéndome en un abismo, es ahí cuando quisiera solo desconectar un enchufe y dejar de pensar, de sentir. Qué sencillo sería, Maria José, si todos pudiésemos entrar en un coma auto inducido, con una fecha de retorno. Qué fácil sería tomar un auto e ir al internado, quedarme ahí unas semanas de vacaciones.
Que sencillo, que difícil sería, Maria José.
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