lunes, 15 de diciembre de 2014

Rizitos de oro existe, yo salgo con ella.


Usted señorita, es la culpable de todas mis sonrisas. La culpo a usted por despejar mi neblina, por levantar mi mirada y fijarla a la suya para siempre. Porque llegó cuando había salido de un abismo, pero caminaba sin rumbo fijo entre tantas personas apuradas que me aturdían. Llegó y me derritió con sus hoyuelos, con sus manías por complacerme en todo y observarme por minutos interminables.


Me tomó de la mano y me ayudó a despejar el camino hacia mi corazón, donde en un rincón frío y olvidado, yacía yo. 
Me sostuvo en alto el mentón y con una sonrisa me repitió todos los días lo hermosa que era, lo afortunada que usted era, cuando fue al revés. 


Y es que no pude resistirme a sus ganas de tener las cosas bajo control ni usted a mi impulsividad. No pude evitar navegar entre profundos mares y cruzar peligrosas junglas para llegar a su corazón. Me dejé caer en la maravilla de sus brazos, que solo con estrujarme hacía que todas mis partes encajaran a la perfección, como si nunca me hubiese roto para empezar. 

Usted, sin darse cuenta, me enseñó a volar de nuevo, con más fuerza y con menos miedo. Usted descifró el enigma de mis ojos, esos que tanto le gustan.

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