Cierro los ojos.
Te beso con fuerza, paseo mis manos tratando de encontrar la diferencia entre tu ropa y tu piel, intentando despojarte de todo aquello que esté en el camino de mis manos y que interfiera con la conexión entre mi piel y la tuya.
Silencio, respiraciones entrecortadas seguidas por el sonido de nuestros labios despegándose y uniéndose una y otra vez sin cesar, como si fuera un vicio.
Tambaleamos por mi cuarto, sosteniendo nuestros cuerpos la una contra la otra; despeinándonos mientras nos acariciábamos por completo, queriendo adueñarnos, hacernos una sola. El anhelo, la necesidad de unir nuestros cuerpos, ese ritual de amor por el que agonizaba nuestra alma era parte de lo que mantenía viva la llama de nuestra relación.
En la oscuridad caemos suavemente en mi cama mientras mis manos se van adaptando a tu silueta, recorriéndola de a pocos, acariciándola y presionándola contra la mía.
Muerdes mis labios, araño tu espalda, gruñes y yo gimo.
Nuestros cuerpos se mueven con naturalidad, se conocen mejor de lo que nosotras pensamos; éramos la una para la otra y era realidad, no era un cuento ni una película, mucho menos una novela. Hacíamos el amor de una manera sublime, dulce sin llegar a ser empalagosa; equilibrada, intensa pero con delicadeza.
Hay un momento que separas tu rostro de mí; me miras directamente a los ojos en las tinieblas, pero yo veo la luz que hay en ellos. Me veo reflejada en ti, veo la pureza de nuestras miradas, cautivadoras, absorbentes por completo. Pasas un dedo por mis labios sin bajar la mirada y yo lo beso. Recuesto mi rostro en tu pecho, me acomodo en ti y acaricias mi cabello tiernamente. Sonrío y acaricio tu rostro.
Cierro los ojos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario