Llevo una cruz conmigo, una maldición, un infierno creado por mi subconsciente. En él, camino atada de recuerdos y sueños frustrados, de noches de interminables fantasías por completo utópicas, de un mundo feliz para ti y para mí, donde no existe nadie más. En estos sueños no hay sufrimiento alguno, son noches eternas de silencio donde nos miramos durante horas sin decirnos palabra alguna, caricias tan sutiles como la brisa del viento en una pacífica tarde de primavera. En este lugar, no pasa el tiempo y no hay persona alguna que nos moleste en nuestro pequeño paraíso. Puedo sostenerte, puedo hundirme en tu pecho y quedarme dormida, sabiendo que al despertar seguirás ahí, observándome dormir con una sonrisa, acariciando mi cabello tiernamente.
Cada clavo se incrusta más a medida que pasa el tiempo, cada vez mis ojos pierden su matiz verdoso por uno oscuro, unos ojos que revelan una tristeza inexplicable, una soledad tan profunda como un abismo, mis sonrisas se vuelven más y más superficiales mientras sobrevivo a un mundo que pierde sus matices de colores y que es presa a una monotonía altamente corrosiva. Este mundo no perdona, sigue girando, como los días que pasan sin novedad, como un eterno invierno helado.
La felicidad es un mito para mí, pude probar una cucharada de él y me quede maravillada ante tanta dulzura y alegría que me embriagó de pies a cabeza. Tan súbito como llego, también se fue.
Te lo llevaste contigo hace mucho y yo sigo aquí, viendo los días, los meses y los años pasar sin novedad alguna. Pago el injusto precio de un dolor que no merezco, de un dolor que batallo día a día y que no logro vencer, pago el precio de probar tus labios y sostenerte de la cintura. Pago el precio de haberte entregado lo que parece mi vida entera y no sé cuánto más he de pagar por ese error.