En la oscuridad y el silencio de la noche, prendo un cigarrillo que lentamente se va consumiendo. Aspirando el humo y soltándolo me pongo a meditar en mi cama, salen a la luz todos mis demonios y me susurran al oído hasta que me quedo dormida envuelta en mis problemas. Sostengo el cigarrillo con la mano izquierda mientras veo el humo que forma figuras abstractas, sin sentido. El sabor que deja el cigarro en mi boca es uno de los placeres mundanos que tengo, un vicio del que no quiero escapar, que me consume, que me fascina.
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